4.8.10

Paréntesis

Hoy ella se acordó de ti. Me acordé de mí contigo, de ti conmigo, de mí sin mí pero contigo. Es que Sophia se fue a su casa caminando por la Alameda (sabes que solíamos hacer eso, juntos) A Sophia le gusta caminar, prefiere caminar. Sola, ella está sola desde que está sin ti, pero prefiere estar sola que acompañada. Por ti (eso no significa que hayas sido mala compañía, hasta cierto momento… hasta antes de, bueno, todo eso)
Ayer caminó desde Santa Lucía por la vereda de enfrente, la de allá, la de la Moneda, la de la feria artesanal chiquitita y aún así ni se acordó de ti. Como siempre desde, bueno, todo eso. Hoy caminó desde U de Chile, la universidad que siempre quisiste y que no tuviste el año pasado porque querías ser abogado. Desde ahí, pero decidió romper la rutina y cambiar de acera y vaya sorpresa, estabas tú. Estaba alguien exactamente igual a ti, cerca de Los Héroes. “¡Qué tendría que estar haciendo en Los Héroes, tan tarde!” Sophia caminó rápido, pero aún no tiene idea del por qué de ese sentimiento, esa sensación que le dio ver al fantasma. Él la miró, descaradamente. Ella no es la más guapa del mundo, es tan común y corriente como cualquiera (quizá es más guapa que cualquiera, quién sabe) Imagine usted a esta niña con su vestido negro y su pelo más largo que desde, bueno, todo eso, y a este hombre mirando con cara de te conozco… o de viejo verde, quién sabe! Pero ella no sabía, no tenía idea a decir verdad y le importó poco: simplemente se acordó de ti. Era tarde, muy tarde; era noche, hacía frío y se transportó al pasado, a esas tardes de caminar. Juntos. Cuando le decías todas esas cosas, cuando debías haber estado haciendo ensayos PSU, cuando le confesaste que la mirabas reír desde las sillas del fondo de la sala. Cuando ella te confesó que no te conocía hasta que le hablaste, ¡y tú que la espiabas todos los martes en lenguaje!... (Y los viernes, que parece que eran los viernes cuando tenía matemáticas, no me acuerdo) Y tú que la pensabas, la recordabas, tan encantadora y ella tan encerrada en su mundo académico, entre lápiz mina y cuadernillos, que no te pensaba porque no te conocía como tú a ella. Le llevabas ventaja. Y siempre fue así, quizá funcionó pero solamente hasta, bueno, todo eso.
La Sophia camina, le gusta caminar. Siempre camina por la Alameda, detesta las micros cuando está sola, el metro cuando va lleno, la gente cuando aplasta. Ella camina si tiene tiempo, si no hace tanto frío, o tanta calor, o si está lloviendo de a poquito, poquito, poquito… Antes caminaba contigo, desde ULA hasta Los Héroes; hasta Santa Lucía una vez llegaron. A ti no te gustaba que te fuera a dejar al metro porque después se devolvía sola, y tanta pena te daba dejarla que la llamabas cuando se daba vuelta para salir del metro. Sí, en algún momento fueron felices. La Sophia llegaba a la casa medio tarde, medio feliz y medio inventando una excusa para volver a verte. Eran los locos años pasados, eran de invierno al principio de todo, de gente estudiosa que no se conocía, y luego… luego eran de verano, de flores y chocolates y de helados y parques y pasto y, claro, risas como todo el mundo. Hasta, qué triste, hasta todo eso.
Tú te acuerdas de la Sophia, todos lo sabemos. Te encanta publicarlo, contarles a todos quién es ella y tu versión de todo eso; tú te acuerdas de ella y de aquello no hay duda. Ella, en cambio, me ha contado que no. Que los peluches los guarda porque no puede hacer otra cosa, que los recuerdos los guarda pero en el fondo de la cajita, bien abajo y con llave. A veces le gustaría perder la llave para botar la cajita y que alguien algún día la pudiese abrir, eso me dijo, textualmente un día que estábamos conversando de ti. ¿Sabes? Fue la primera y la última vez que escuché tu nombre de su boca. Créeme, es verdad. Y ahora tenías que aparecer afuera del metro: tú no te imaginas. No puedes entender que ahora sí hay pájaros en el nido, que debieras estar adentro tuyo, que debieras volar solo en tu paracaídas y que, por Dios, alguien debiera comprar tu libertad de una vez por todas.
No, tranquilo, no pasa nada. Mil veces ha ido al mismo parque, a los mismos helados. Mil veces ha caminado por la Alameda sin romper la sagrada rutina desde, bueno, tú sabes, no me hagas decirlo. Un millón más ha visto los peluches… llevan mucho tiempo ahí, ¿cuánto me dices? Uf, claro casi dos años. Y justo ayer tenía que ver a tu clon ahí, justo, en la calle, en el centro. Y sola más encima. Y tarde más encima. Y sin audífonos más encima. Nada, nada, que simplemente se abrió un gran paréntesis en su vida, en su corazón puede ser. Cuando llegó a República se dio cuenta de que en realidad no podías ser tú, simplemente por todo eso. “No, no es, no es, no es, no es” Así llegó a su casa, pero por el mismo camino que usaba contigo, no sé, para pensar más claramente. (Lo hizo en una oda al pasado, al tiempo, no a ti ni a tu recuerdo) Se cierra el paréntesis

1 comentario:

Ainwën dijo...

Wow, me parece demasiado parecido a cosas demasiado cercanas para mi u.u!!

Me gustó el intercambio de personas