27.7.10

Sofía para el colegio

Sofía tiene ese típico problema de tener los ojos… ¡tan lindos! Siempre han sido alargados, en forma de almendra, de color ciruela, y manchitas como de salsa de chocolate. Comunes y corrientes, igual a todas sus amigas. Inimaginables. Resplandecían como el sol en una tarde de noviembre, pero con muchas nubes sobre él. Digo, por las manchas de chocolate. Es increíble, pero sus ojos tienen la pupila profunda, muy profunda, como un tobogán que no encuentra fin en la oscura esencia de la mirada. Y cuando decide altaneramente prestarte atención, puedes comprender que el tobogán te atrapa, te envuelve en un sentimiento frío y tenso, difícil; comienzas a sentirte aspirado por una marea de negro. Pero eso dura unos segundos, porque las almendras te llaman, y ves el color ciruela hermoso y seco, que atrae mágicamente a los recuerdos de aquellos días en el campo, y sacar la fruta del árbol frondoso y verde y cargado, y tomar los rayos del sol casi como tomar agua, así, simplemente…
¡Y qué se puede decir de las manchas! Quizá no sea necesario hablar de ellas, porque son tan comunes… no tienen el tono pardo que tanto alaba la gente en los ojos maravillosos de las actrices de televisión, pero para mí son hermosas… son café, café amargo. Pero simple, lo que es muy difícil; según mis cuentas por lo menos deberían tener varias cucharadas de café disueltas en una lágrima para lograr la amargura que demuestran estas manchitas. Es que ella tiene una historia que me recuerda un único grano de café recogido en Brasil y trabajado en Colombia. Así de extraña, así de increíble.
Pero hemos hablado de Sofía como un personaje un poco denso, y me asusta un poco el sólo hecho de pensar que la volveré a ver. En realidad, que me volverá a ver. Pero no todo en sus ojos es lo que hemos hablado; ¡las ciruelas! Es ver los días de otoño con los cestos de mimbre, es sentir las nubes esponjosas de nuevo acariciando la punta de los cabellos, de los dedos… Son ciruelas recién cortadas, frescas y lozanas… son, en fin, los verdaderos ojos, lo que siempre deja en el aire cuando presta atención a cualquier cosa o persona… es ese sentimiento de nostalgia que siempre es bienvenido, para pensar en lo lindo de los momentos… lo que no le quita valor a la profundidad de la amargura que sabemos que transmite también.
Lamentablemente, estos ojos de almendra con ciruela y chocolate y tobogán y café no son únicos. Existen millones de copias burdas en el mundo, de gente que es muy distinta a ella pero con las mismas ventanas del alma. O sea, comparten alma. Pero Sofía no lo cree así, y si ella piensa eso todos lo entendemos de ese modo, cuando clava su pupila en las pupilas iguales a las de todo el mundo, y convence. Y realmente lo hace, cuando abre su boca nunca lo hace en vano; su propósito es que sea escuchada y nunca pasa inadvertida. Resalta, aunque nadie sabe bien por qué; quizá sea que su verdadera gracia radica en algo más profundo, distante de sus ojos tan vulgares y poco llamativos.
Si me preguntan, creo que la mirada para mí es llamativa verdaderamente. Para el resto no, quienes están habituados a esta excepcional mezcla de tonos y brillos en los sentidos de la gente pasan de largo ante cualquier atisbo de algodón en las manos, de dulzura en las palabras o agresividad en los gestos. Porque claro, mucha gente tiene estas características en común, pero para mí sigue siendo un misterio el origen de estas peculiaridades. Por esto último es que según mi visión, es imposible poder contenerse frente a esos ojos, tan cristalinos que parece que se fueran a quebrar ante cualquier emoción, que reflejan la verdadera identidad de Sofía, que nunca se podrá descubrir y comprender realmente.

2 comentarios:

Orchidea♥ dijo...

nunca digas que las ventanas son iguales! nunca lo son,querida mía. Nunca.

Ainwën dijo...

Es que lo que se ve por ellas nunca es igual...

Qué lindo texto :)