10.10.08
Ojos
Sophie sentía los pies helados al contacto con el pasto. El vaporoso vestido la volvía más linda, tan frágil como lo más frágil. Pero Sophie no lo es; su belleza es cierta pero su seguridad es mayor que cualquier otra cosa. Ha aprendido que puede pisar a cualquier ser vivo, así que es cautelosa. Puede sentir la frescura primaveral de cada pedacito de pasto. Puede oler la exquisita fragancia del día celeste, que contrasta con el sol. Puede entender rápidamente que tiene que disfrutar. Y ama la soledad, el sentirse liviana y sin más preocupación que captar el absoluto. En todo aquello estaba cuando sintió un ruido que la hizo estremecer. Un carruaje negro paró en el camino con estrépito, dejando huir a cualquier criatura que merodeara por el sector, tan suyo como de la niña. El carruaje era precioso, pero el cochero era totalmente inexpresivo. Sophie se asustó, notando que su amada soledad no sería un buen augurio para el momento. El hombre no despegaba sus extraños ojos de los míos. Me sentí desprotegida, e indefensa. Insegura, quizá. Sophie se levantó del pasto rápidamente y decidió caminar, indiferente, en dirección a las montañas. Allá también podía disfrutar de un momento agradable. Sin molestas interrupciones. Sin hombres repulsivos. Sin carrozas no naturales, o negros contrastantes y oscuros. El vestido me golpeaba con suavidad las piernas. El cabello suelto me sugería la dirección del viento, precisamente donde quería ir. Así que fue hacia cualquier lado, envuelta en el sopor de una sorpresa. El sol comenzó a abrasar su blanca piel; se mareaba, tambaleaba. Pronto comenzó a gritar quién sabe qué, pero caí al suelo cubierto de hojas del manzano. Veía sólo rápidas escenas a color, brillantes como el cielo. Ya no vi más, hasta unos ojos verdes. O de otro color tal vez, pero no eran negros. Sophie no supo a quién pertenecían, o qué significaban, sólo se embriagó en su brillo y bailó con la alegría que le inspiraban. Nunca antes le había ocurrido algo así, pero me importaba poco. Las escenas corrían por sus ojos, volaban y se despixelaban como pedacitos de cristal. Veía su rostro, pero no supo cómo explicarlo. Sólo lo veía, y sonreía. Sonreíamos. Entonces fue cuando los ojos verdes se volvieron todo un ser, un ser tan bello que me insertó en la alegría más grande que jamás haya experimentado. Esa mirada me mantuvo cautiva, así, como estaba, sobre las hojas del manzano. Y la carroza me llamaba, con gritos de completa desesperación, porque mi destino era entrar y rodearme de flores. Muchas. Sophie ya creía levitar, sentía que pesaba menos que el algodón y el éxtasis invadía su cuerpo, sus venas, sus entrañas; toda entera era una pluma. Y la mirada verdosa no la soltó, la llevó con fuerza hasta sus más recónditos momentos. Y fui envuelta en sus deseos, fui su esclava y su amiga, y no supe qué pasó. Sin duda, no se movió ni una hoja de su lugar. Ni un cabello de la cabeza tierna. Ni siquiera sopló el viento en aquel minuto congelado. Pero dentro de Sophie, el remolino invadía su sangre y la hipnótica mirada seguía enamorándola y llevándola a donde quisiera. Sophie no entendía nada. Pero fui feliz.
Garabateó esto
Alita
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