14.10.08

Henrietta

Henrietta se sentó, tranquila, sobre el sofá. Observó sus uñas, pálidas. Agarró todos sus esmaltes y las tiñó de diferentes tonos; cada una disímil a la otra… el índice era rojo furioso, tenía personalidad propia. El meñique de la derecha era, en cambio, un triste violeta semi transparente. Henrietta decidió observarlas largo tiempo, así que no se movió de ahí por dos días. Claro, cuando decidió dejar de mirarlas el color ya estaba seco, así que no tuvo el problema de cada mujer que usa productos baratos: que quede impresa una horrible huella digital en la uña o, peor aún, que se dibuje un gran espacio de vacío sobre el pigmento. Qué horror. Pero Henrietta no tenía tanta plata como Sophia, su amiga de infancia; o Sarah, una chica no que ocupaba nada, absolutamente nada, que no tuviera escrita una reconocida marca en la etiqueta (Sarah estuvo casi un mes vistiendo sólo ropa interior, porque su madre se negó a comprarle más y más, y más ropa). Pero sus amigas adineradas y caprichosas no importan en este momento. El asunto es que nuestra muchacha estaba tan feliz con el nuevo estilo de sus manos que, luego de asearse y comer un gigantesco sándwich, decidió salir a la calle a mostrarlas. Cabe destacar que un espectáculo como ese debía, de un modo ineludible, llamar la atención de cualquiera; ¡había una bella mujer caminando por la calle, con las uñas perfectas y coloridas! Eso no se ve todos los días. Sin embargo, no tuvo el efecto que tú o yo esperábamos, pues nadie se volteó de un modo escandaloso o dejó todo de lado para verla. Ni siquiera el verdulero se dignó a elogiarla, algo muy extraño, pues siempre que veía a Henrietta la adulaba. A veces de un modo grosero. Otras tantas, de forma cariñosa. Luego, podía dirigirle una mirada lasciva o gritarle alguna frase aprendida para la situación. Sin embargo, hoy la dejó pasar si siquiera notar su presencia. ¡Cretino!. Decepcionada y triste, Henrietta volvió al sofá. Veinte minutos sonó el teléfono rojo, pero ella no lo escuchaba. Estaba sumida en un peculiar y totalmente profundo trance, que algunos llaman depresión. Pensó que quizá los dos días de adoración a su obra maestra podrían haber sido una pérdida de tiempo. ¡No!, ¡No te hagas caso, niña! Pero no hizo caso a esta advertencia, sino que escuchó a su torpe pensamiento.
Henrietta descubrió, al cabo de mucho tiempo, que la gente olvidaba observar los detalles, así que decidió perdonar a todos por no haberse fijado en sus manos. Hasta a Yony, así, con Y, que era el nombre del verdulero. Por lo tanto, después de mucho encierro y meditación, quiso ir al parque. Y fue, a pesar de que la idea se le ocurrió a las tres de la madrugada. Claro, una persona común se hubiera ido a dormir, así que Henrietta fue al parque, como había planeado. Con la oscuridad fue difícil llegar, pero lo consiguió, y se sentó en una banca vacía. ¡Es tan rico el aroma a hojas y tierra mojada! Aspiró la fragancia hasta como el mediodía, pues no quería perder detalle. Ya cuando el cansancio se apoderaba lentamente de su cuerpo, vio un espectáculo sorprendente. Un hombre; no cualquier hombre, era ESTE hombre. Recogía hojas secas, las examinaba minuciosamente, las limpiaba con una brochita, y las guardaba en el bolso que, al parecer, no tenía fondo. Así, metódicamente, hacía con cada hoja del suelo. Nuestra Henrietta sintió algo muy extraño apenas lo vio, así que se quiso parar y correr a preguntarle al HOMBRE por qué tenía esas cosquillas. Quizá él le podía dar una respuesta; se notaba que era inteligente, pues no perdía su tiempo como todos en el lugar. Se impulsó, entonces, para pararse, pero el cansancio ya se había adueñado de ambos pies de la chica. Sintió que tenía nada debajo de las rodillas, ¡el cansancio es un ladrón!, quiso gritar. Pero estaba él. ¡Qué hacer! Notó, ahora divertida, que todo debajo de su cintura se había vuelto una enredadera; era una maraña de hojas verdes, de un tono como el que se puede ver en el último esmalte de la gran hilera que había sobre la cama de la joven. Así de brillante el verde. Tan resplandeciente se veía la mitad de su cuerpo sobre el banco, que no pudo evitar formar un haz de luz que prendía la mirada de quien pasase. Por esto último fue como Henrietta conoció a Tomás, el HOMBRE. Claro, porque aquella hoja tan deslumbrante no podía menos que llamar a bramidos a un tipo como él, que recogía hojitas que limpiaba con una brochita y guardaba en un bolso sin fondo. No se sabe cómo, puede ser por esas cosas de la vida, pero Tomás llegó a sus pies. Perdón, a sus ramas-hojas-palitos. Observó, encantado, el fulgor verdoso, y procedió a tirar, suavecito, una de ellas. Henrietta se puso muy nerviosa, así que desvió la mirada de los cálidos ojos amarillo naranjos que no cesaban de mirarla con asombro y embeleso, como si hubiesen sido detenidos en un momento prodigioso y mágico. Tantas hojas sacó ÉL de su cuerpo, que logró recuperar las piernas completamente. Sí, se sentían un poco rígidas y ásperas, pero por fin las tenía. Decidió agradecerle a su benefactor tan noble hecho, pero no pudo hacerlo. Los ojos de Tomás tomaron un tono muy rojo, y se contagiaron las mejillas de Henrietta (también se unieron al espectáculo las margaritas del sector, pero nadie lo advirtió). Quizá fue gracias a la única uña que había quedado de ese color, recordemos al índice furioso, que misteriosamente apuntaba a un sector del cielo. Una nube con una rara forma, parecía un guarisapo con anteojos y una horrible dentadura. O algo por el estilo. Ambos se echaron a reír, por la nube loca. Fue allí cuando se miraron, y los ojos se contagiaron del otro. Tan enfermos se volvieron, que no pudieron salir de sus departamentos respectivos durante mucho tiempo. Pero se comunicaban. Algunos dicen que por telepatía, otros creen que Henrietta es una bruja. Eso sí que es mentira, si fuera una bruja no tendría que usar esmaltes de mala calidad. En fin, conversaban tanto que terminaron conociéndose más que cualquier cosa. Tomás adivinaba qué hacía Henrietta a las quince horas del veintitrés de agosto (¡Sí, tomaba helados de crema!). Y Henrietta terminó por aprender de memoria todos los tipos de hojas que se pueden hallar en el Universo. Sí, todas. Porque si no hay agua en Marte, al menos hay hojas, porque los marcianos comen hojas. Cuando se acabó el periodo de cuarentena, decidieron reencontrarse, para volver a enfermarse y conversar tanto. Así que Henrietta volvió al parque por las noches, a esperar a Tomás. Él llegaba a los pocos minutos, con una hoja nueva para ella. La recibía feliz y tomaban helados. De crema. Cada noche, un sabor diferente, para resfriarse y volver a conversar tanto. Y en sus casas ponían a Air y veían películas. Las veían juntos, pero cada uno en su tele.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

increiblemente fantastico. muy bueno

Faith Keller dijo...

Simplemente Perfecto :)